Jaime Crispi, amigo.
Todavía tengo la imagen de ti en campaña, subido en una silla en el medio del patio, arengando un vasto auditorio de pingüinos, con tu verba convincente, que escuchábamos, ya, boquiabiertos, ¡ líder nato! Puto ascensor de tu
departamento.


Quién mejor que tú en este momento tendría una respuesta pragmática, clara, estructural: ¡Sí, estaba en mal estado! ¡Sí, habría que haberse ocupado antes de hacerlo reparar! ¡O quedarse adentro cuando comenzó a subir y la puerta donde bajabas quedó abierta!

¡O haber saltado antes, Jaime! ¡Cómo es posible un accidente tan estúpido, el sábado en la mañana aquella, en que fuiste a comprarle comida a tu gato!Pero te pasó a ti Jaime Crispi, el mejor entre nosotros: Jaime, Gonzalo, Santiago y yo mismo, la banda de los cuatro.


Y ahora estás allá. ¿Dónde? Y nosotros en este otro lado del espejo, nos quedamos esperando una señal, buscando una explicación a esta situación surrealista.
Pero estuviste mucho tiempo sin respirar antes que llegaran los bomberos a sacarte.
Demasiado. No sirvieron de nada las máquinas respiratorias, los tubos diversos y los responsos.


Tú, mi pop star de las políticas innovadoras del nuevo Gobierno, organizando una respuesta a la altura de las expectativas, para superar las carencias de las políticas para la infancia en el país.


¡Hasta la UDI te aplaudió en el Congreso!

¡Qué honor Jimy! Jesús Cristo, como te apodaste una vez tú mismo, en uno de nuestros últimos altercados digitales, en el que dignaste contestarme, cuando me hice pasar por mi novia para hacerla decir que Eduardo se había puesto muy mal, catatónico, porque no le contestabas un provocador fax anterior.

Eso fue hace diez años y ya estábamos distanciados, aunque seguíamos piadosamente escuchándonos, Jesús Cristo y Judas, como me llamé a mi mismo, al tanto el uno del otro.Hace treinta años, hacíamos pitanzas telefónicas con Pablo, tu hermano, tocábamos los timbres de los vecinos y salíamos arrancando, andábamos en los skateboards y en las minibicicletas de carrera celestes que habían traído de Estados Unidos cuando volvieron con tu padre de su doctorado en Winsconsin. Contigo fuimos al cine por primera vez, a ver los primeros James Bond.


Y luego nos pintábamos bigotes y barbas con plumones para que nos dejaran entrar a la “Guerra del Fuego”, para mayores. ¿Te acuerdas Jimy de la Mota?Primeros viajes: a dedo al sur con la banda de los cuatro y de vuelta en avión con tifus desde Chiloé los dos giles, por no hervir el agua del Llanquihue, para la sopa del camping salvaje. Y a Brasil los boletos de bus, al año siguiente, donde se enamoró de tí una garota durante las batucadas preparatorias del Carnaval en Ubatuba, ¿te acuerdas Jimy niño?


Y cuando nos juntamos en el Colegio San Juan, luego, para tomarnos ese antro de pechoños izquerdistas y de cuicos de medio pelo de Las Condes: Gonzalo en bicicleta con sus bombas de agua,
tú de presidente del Centro de Alumnos, socialista acérrimo,
yo de contra punto crítico, con mi revista no autorizada ni por la inspectoría: “La Barca”.

Todavía tengo la imagen de tí en campaña, subido en una silla en el medio del patio, arengando un vasto auditorio de pingüinos, con tu verba convincente, que escuchábamos, ya, boquiabiertos, ¡ líder nato!


Ustedes, un éxito, a mi la cuerda me alcanzó para dos números nomás, antes de caer en mis primeras depresiones luego de haber percibido la violencia y la incoherencia estructural de la dictadura, expresada en la población Lo Hermida, en donde ya queríamos salvar a los niños de la pobreza y la ignorancia, con buenas intenciones, como las que seguiste teniendo toda la vida.

Ateo te proclamabas, como todos nosotros, aunque cantabas en el coro de la misa del colegio, porque a tí, ese tipo de cuestionamiento no te reventaba los sesos.

Pragmático fuiste desde siempre y ahora estás muerto.

Ni los médicos ni las cadenas de oración de tus amigos creyentes te sacaron del coma profundo. “Ya no eres chileno, después de más de quince años en Francia”, me dijiste la última vez que te llamé por teléfono, para celebrar, al día siguiente de la victoria de Michelle Bachelet, tu amiga. “¿Son los economistas buenas personas?”
te respondí en mi artículo siguiente, en estas mismas páginas, pensando en tí, Crispi. (laNación)

Así fue como las cosas se dieron, te fuiste integrando al centro del aparato del Estado, en lo mejor que podía hacerse, eficaz, con inteligencia, cordialidad y energía.


Yo te observaba admirado desde lejos, marginal, mientras iba radicalizando mis posiciones contra el inmovilismo concertacionista, incapaz de hacer un corte con la herencia de la dictadura.

Sabes, fue mala la bienvenida que le dieron a
Garzón tus autoridades hipócritas e ingratas.


Nadie recibió en La Moneda a este padre de la Patria enajenada.

En fin. Tú, el antiguo revolucionario, que le tirabas piedras a los pacos durante las protestas de los ’80, desde el edificio de la escuela de Economía de la Chile… te vas así dejando Chile abandonado a su suerte, como a tu mujer, a tus padres, hermanos y amigos, que son tantos.

Abandonando tu alter ego y tus otros yoes, Jaime nos dejas extranjeros de este Gobierno, de este país errante y sin rumbo, en el cual no queda ningún hermano: Santiago el cineasta, en Bélgica, autoexiliado como yo; Gonzalo, el arquitecto-diseñador, con su familia y trabajo, más allá del bien y del mal; y yo, a lo lejos, solo, como dijiste.


Jaime Crispi, amigo, donde quiera que estés: ¡presente!
Eduardo Valenzuela Chadwick