La insurrección del Resucitado por Enrique Moreno Laval sscc

Hace algún tiempo, en la cercanía de otra Pascua, alguien escribió sobre “la insurrección del Resucitado” (Diario El Sur, Concepción). Tan sólo recuerdo el título, sin duda sugerente. ¿Un juego de palabras? Sin duda, pero algo más que eso; también una intencionalidad más de fondo. Si, según los diccionarios, “insurrección” significa alzamiento, levantamiento, rebelión, sublevación, acción de declararse en contra de la autoridad constituida y de luchar contra ella, y el Resucitado es Jesús, podemos llegar a conclusiones interesantes.

Algo ocurrió con la resurrección de Jesús que cambió la perspectiva de la historia. De hecho, las autoridades judías reaccionaron con indignación ante la noticia que circulaba entre la población judía: Jesús había resucitado. Más aún cuando el resucitado era “aquel que ustedes entregaron y rechazaron ante Pilato” (Hechos 3,13), ese Jesús “a quien ustedes crucificaron” (Hechos 4,11). La indignación dio paso a la persecución violenta. Jesús vivo, muerto o resucitado, continuaba provocando levantamiento, rebelión, sublevación: insurrección.

Pero, en definitiva, ¿qué era lo que estaba en juego? Algo simple y constatable a través de aquellos que insistían en decir “testigos, todos nosotros” (Hechos 2,32): el Evangelio de Jesús, su causa, su proyecto, que él gustaba llamar el “reinado de Dios”, no estaba sepultado, por el contrario, volvía a ponerse porfiadamente de pie en las palabras y acciones de aquellos que declaraban “obedecer a Dios antes que a los hombres” y que no podían “dejar de proclamar lo que habían visto y oído” (Hechos 4,19-20).
Hoy día, los que a nuestra vez nos queremos presentar ante el mundo como “testigos, todos nosotros” de Jesús, no podríamos ahorrarnos el riesgo de anunciar, contra viento y marea, a tiempo y a destiempo, la consecuencia inevitable de la “insurrección del Resucitado”. Es decir, asumir su causa, que puede incluir la “acción de declararse en contra de la autoridad constituida y de luchar contra ella”. Me refiero a declararse en contra y luchar contra ese peso autoritario que tan justamente denuncia el octogenario obispo Pedro Casaldáliga en su reciente Circular 2008: “No podemos quedarnos estupefactos delante de la iniquidad estructurada, aceptando como fatalidad la desigualdad injusta entre personas y pueblos, la existencia de un Primer Mundo que lo tiene todo y un Tercer Mundo que muere de inanición. Las estadísticas se multiplican y vamos conociendo más números dramáticos, más situaciones infrahumanas. Jean Ziegler, relator de Naciones Unidas para la Alimentación, afirma, cargado de experiencia, que el orden mundial es asesino, puesto que hoy el hambre ya no es una fatalidad”.

Una nueva Pascua de Resurrección, la de este año 2008, no puede dejarnos indiferentes. No podría ser que la celebráramos como un rito más de nuestra cultura cristiana que nos trae a la memoria tan sólo un hecho de entonces, cuando en realidad se trata de un acontecimiento que nunca podrá ser enterrado, jamás ocultado, ni siquiera soslayado, a riesgo de hacernos cómplices culpables de que todo siga igual, desperdiciando la nueva oportunidad de ser testigos insurrectos del Resucitado.