La vida como malentendido




Sucede que cuando otro, ajeno a mi, toma una determinada decisión la que me afecta,tiendo a creer y a sostener inmediatamente que su opción ha sido un disparate acaso no será mas sano y real antes de todo preguntarme primero si no será que lo que yo veo tan claramente cóncavo lo ve el otro con la misma claridad, convexo....




Días atrás veía con amigos una película en la que la hermana de la protagonista aparecía con un bebe en brazos. Alguien dijo que era evidente que esa hermana era una madre soltera; otro sostuvo que era evidente que se trataba de una mujer casada, cuyo marido no aparecía en el film por ser irrelevante para el argumento; otro sentenció que el bebe no era de quien lo llevaba alzado: era evidente que la hermana trabajaba de niñera. Pensé que en realidad lo único evidente era que nada de lo que mis amigos afirmaban era evidente. Cada uno tenía un punto de vista, el suyo, y lo transformaba en evidencia a fuerza de afirmarlo enfáticamente.

Es cierto que hay verdades evidentes, tanto teóricas como morales, pero son tan importantes como pocas. Fuera de ellas, rotular una apreciación de evidente nos cierra al punto de vista del otro y nos priva de magníficas oportunidades de enriquecimiento personal. Cuánto más fructífero es pensar: "Se ve que ella lo entendió de otra manera; a mí me resulta inverosímil, pero la verdad es que no se me había ocurrido verlo así y hay que reconocer que esa comprensión subraya algo interesante", que pensar, como tantas veces hacemos: "Se ve que ella estaría viendo otra película; no entendió nada, acaso es medio boba o, a lo menos, ingenua". En este último caso, nuestro empecinamiento bloquea la comunicación, y el otro lo siente. La gente siempre se da cuenta de lo que sentimos por ella, más temprano que tarde, aunque nos mordamos la lengua y la procesión sólo vaya por dentro: basta nuestra mirada despreciativa o, peor todavía, el recurso tan usado de no mirar a alguien a los ojos o hacerlo con anteojos negros.

El caso de la película ejemplifica un tópico que cruza a diario nuestra existencia: lo que unos ven de una manera, otros lo ven distinto; lo que a ella interesa, a él no, y lo que le gusta a él, a ella, ni un poco. Uno comienza a sospechar que esos objetos sobre los que recaen el interés o el gusto son pasibles de apreciaciones distintas, pero no incompatibles, de sensaciones opuestas, pero complementarias. Y que así como el mundo se divide tantas veces entre los amantes y los detractores de algo, muchas veces también ese amor y ese odio no están inexorablemente adheridos a las cosas, sino que somos nosotros quienes los depositamos en ellas.

Algo parecido sucede con las personas. Quien se lleva mal con un compañero de trabajo suele leer todas sus actitudes en clave de provocación, de ataque, de ofensa. "¿Qué le pasa a este tipo? Evidentemente está enojado conmigo." El supuesto agresor experimenta sentimientos semejantes: "¿Y éste por qué no me habla? Evidentemente, me está ignorando". La relación se enfría, los prejuicios se retroalimentan y cada sujeto llega a convencerse de que la contraparte del problema no lo quiere o, peor, que lo detesta. Esto ocurre también a menudo en las relaciones matrimoniales, de amistad, de padres con sus hijos, de hermanos, de vecinos, de socios. Los vínculos interpersonales serían mucho más fáciles si encaráramos la vida en clave de malentendidos. Esto requiere, para empezar, una pizca de sencillez y de sana ingenuidad, incompatible con el cinismo que tiende a infectarnos.

Si nos convertimos a la "mentalidad del malentendido", empezaremos a ver muchas cosas desde la perspectiva de lo cóncavo y lo convexo, tan bien ilustrada por El cáliz del amor , de Salvador Dalí. En este cuadro se pueden ver una copa oscura o dos caras enfrentadas, de colores claros, según se enfoquen el centro o los costados de la obra. Pero sólo si se adoptan las dos miradas cae uno en la cuenta de que se trata, además, de un beso.

Cuando mi prójimo toma una determinada decisión que me afecta, me duele y no entiendo, en lugar de pensar inmediatamente que es un disparate, me preguntaré primero si no será que lo que yo veo tan claramente cóncavo, lo ve el otro, con la misma claridad, convexo. Me pondré en sus zapatos, tomaré prestados sus ojos y entonces veré la convexidad que él divisaba con la misma claridad con la que antes veía yo la concavidad. Y acaso el otro, movido por mi actitud, haga lo mismo y experimente lo mismo que yo, realizándose así la sentencia de San Juan de la Cruz: "Pon amor donde no hay amor y sacarás amor". Ir por delante y cambiar yo para que el otro también cambie.

Ver un malentendido donde parecía existir un problema irresoluble; pensar que el otro debe de tener sus razones e intentar entenderlas, en lugar de dar por evidente que está equivocado: de estas actitudes al sincero amor al prójimo hay un camino más corto y menos tortuoso que las complicadas sendas por las que tantas veces transita nuestra difícil convivencia.

Por Santiago Legarre Para LA NACION
El autor es profesor de Derechos Humanos en la Universidad Católica Argentina.

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