“La intimidad necesita el corazón de un nido”."

La novela “Naranja Mecánica” (1962) de Anthony Burgess y su posterior película (1971) fueron proféticas. Aunque el impacto del film estuvo en mostrar la violencia juvenil y los experimentos “pavlovianos” para erradicarla, la sensación de ausencia parental hasta la indiferencia y falta de “sentido de hogar” se deslizó como una premonición de lo que vendría en nuestra propia sociedad.


Las noticias diarias de la violencia urbana actual lo corroboran.


Son las generaciones del “Nido Vacío”, que crecieron solos, casi sin padres.

La sensación de “nido vacío” no es sólo cuando los hijos se van del hogar, sino también cuando los padres están ausentes, percibiéndose la frágil constitución de los vínculos familiares, sin su presencia “proxémica”.


Es esencial en el lenguaje corporal la disposición física para los vínculos afectivos, sentir esa cercanía. Inicialmente se hablaba del “padre ausente”, hoy también es un fenómeno la “mamá a control remoto”, o la “nana electrónica”, léase TV.

La condición para que se constituya un hogar, según el filosofo Bachelard, es que éste sea un nido: “la intimidad necesita el corazón de un nido”.

Naturaleza sabia, las aves no dejan el nido hasta que sus hijos, efectivamente, aprenden a volar.

Esta ausencia, mas bien existencial, en que se privilegia el tiempo laboral y el culto del yo que,

a veces, está por sobre las relaciones familiares es inquietante, por cuanto nuestros hijos están siendo -casi a partir del “destete maternal”- autónomos por virtualidad, formados a tiempo parcial, tempranamente expuestos a la soledad urbana, y a veces precozmente adultos.


Por curiosidad, en mi condominio de 14 hogares, en 9 de ellos se “presiente” el silencio del nido vacío, cotidianamente.

Gino Schiappacasse R.