Todas las muertes del Presidente Allende

La metralleta que le regaló Fidel Castro, con la que
se habría matado el Presidente, no estuvo ese día en La Moneda.

Al menos mientras se combatió. Todos los testigos oyeron un solo tiro en el momento final de Allende, que bien pudo venir de su propia pistola. Dudas sobre fotos y croquis hechos ese mismo día por Investigaciones (bajo control militar) revelarían una adulteración del sitio del suceso.


Once de septiembre de 1973. Según la versión oficial, el Presidente Allende decidió a la 1:50 de la tarde poner fin a la resistencia armada y ordenó rendirse a sus acompañantes. Les pidió bajar desde el segundo piso de La Moneda en llamas, por las escaleras de piedra que daban a Morandé 80. Descenderían de uno en fondo, con la Payita adelante, y él mismo cerrando la fila de unas 35 personas, en último lugar.

Pero sin que los demás se diesen cuenta, Allende volvió atrás y se introdujo en el Salón Independencia. Se sentó en un sofá, pujó el fusil AK que le había regalado Fidel Castro entre sus rodillas, puso el cañón bajo su mandíbula y apretó el gatillo. Salieron dos tiros.

El doctor Patricio Guijón –único testigo confeso durante 30 años– también regresó, con la intención de recoger para su hijo un recuerdo. Desde un pasillo, frente a la puerta entreabierta del Salón Independencia, vio al Presidente dispararse. Corrió hacia él, pero ya estaba muerto.

Entonces, según la versión oficial, se sentó junto al cuerpo del Presidente, tomó la metralleta y la puso atravesada sobre las piernas del occiso, sin preocuparse de huellas ni de nada. Luego estuvo velándolo durante 10 ó 15 minutos.

Hasta que un grupo de militares, encabezados por el general Javier Palacios, jefe del asalto a La Moneda, irrumpió en el lugar y comprobó que la parte superior de la cabeza del Presidente había estallado.

Se veía el impacto de dos balazos incrustados en un gobelino que colgaba en la pared situada detrás.

El general Palacios (fallecido el 26 de junio de 2006), según nota aparecida en la nota necrológica que le dedicó “El Mercurio”, pensó en un primer momento inculpar al doctor Guijón por la muerte de Allende, pero después cambió de parecer.
Antes había tomado el radio-teléfono y se había comunicado con el almirante Carvajal, para que le retransmitiera a Pinochet: “Misión cumplida, Moneda tomada, Presidente muerto”.



A las 19:10 horas del mismo 11 de septiembre se reúnen por primera vez (en el edificio de la Escuela Militar) los cuatro integrantes de la Junta Militar, que han asumido el poder como comandantes en jefe de las FFAA y Carabineros.

Pinochet, Merino, Leigh y Mendoza se ponen rápidamente de acuerdo, antes de dirigirse por cadena de televisión al país: control riguroso de la población, largo estado de sitio con toque de queda, ruptura de relaciones con los países de la órbita soviética.

“Lo que les toma más tiempo es la disyuntiva de cómo informar de la muerte de Allende. El acuerdo final es emitir un comunicado, que saldrá recién el jueves 13, y mantener en reserva el lugar de su sepultación”, según relata Ascanio Cavallo, en la serie “Las 24 horas que estremecieron a Chile”, publicada en “La Tercera” en 2003.

El Presidente Allende es enterrado en secreto en el Cementerio Santa Inés de Viña del Mar, el día 12, trasladado por un avión FACH hasta Quintero, y de allí en una ambulancia, con fuerte custodia militar. La tapa del féretro, soldada y sellada con remaches de metal.

Un informe “técnico” sobre el deceso del Presidente depuesto es entregado recién el 20 de septiembre, en conferencia de prensa, por el general Ernesto Baeza Michelsen, nombrado en la tarde del 11 director de Investigaciones.

Éste había renunciado al cargo el día 12, molesto al parecer por los tejemanejes realizados por el Servicio de Inteligencia Militar para adaptar el cadáver y el Salón Independencia a la versión que se difundió luego sobre las circunstancias del suicidio de Allende.

Según Patricia Verduro, en “Interferencia secreta”, “el inspector Pedro Espinoza y el subinspector Julio Navarro –de la Brigada de Homicidios– reciben la orden
de partir a La Moneda. Deben llevar todos los elementos para hacer un peritaje, incluido el experto planimetrista, un fotógrafo y el perito balístico.
Un vehículo militar los lleva primero al Ministerio de Defensa.
Sólo entonces se enterarán de quién es el muerto.

–Lo asesinó un GAP– informa allí el general Brady.

Cuando llegan a La Moneda entran al ‘sitio del suceso’ y reciben una segunda y contradictoria versión.

–Se suicidó… –dice el general Palacios, en el Salón Independencia”.

Los expertos policiales de la Brigada de Homicidios son reemplazados esa misma tarde por laboratoristas “químicos y físicos” de la Policía Técnica, que firmarán un “acta de análisis de las muestras halladas” de una carilla, agregando –sin reconocer la autoría– el informe truncado de la BH (otras tres carillas, que aparecen con numeración diferente y las iniciales de otro mecanógrafo, en la reproducción de todo el documento). El acta fue publicada el año 2000 por Mónica González, en el libro “La conjura: los mil y un días del golpe”.


La renuncia de Baeza a la Dirección de Investigaciones, y su rápida reconsideración, tras fuertes presiones de Pinochet, ignoradas hasta hoy por la opinión pública, fue recogida en el libro del ex embajador norteamericano en Santiago Nathaniel Davis “The last two years of Salvador Allende”, publicado en 1985.

El autor cita como fuente a Robert W. Scherrer, el delegado del FBI para el cono sur, con sede en Buenos Aires. A su vez, el fiscal estadounidense que investigó en Washington el caso Letelier, Eugene M. Propper, en su libro “Laberinto” (escrito en colaboración con Taylor Branch), también alude al conflicto del general Baeza con la Junta Militar: “(...)

El general Baeza ordena a los detectives de la BH entrar en La Moneda y realizar una investigación a fondo sobre la muerte de Allende.
Esta medida provoca la primera controversia entre los nuevos gobernantes militares, la mayor parte de los cuales se opone violentamente a que el sitio del suceso sea examinado por profesionales.
Quieren presentar el fallecimiento de Allende como un suicidio.
El general Baeza argumenta que es una cobardía y que tal historia no puede sostenerse como convincente.
Al día siguiente [12] dimitirá a causa de esto, y solo Pinochet será capaz de persuadirle de que permanezca como nuevo jefe de Investigaciones del Gobierno militar”.

La versión de Propper, extrañamente, aporta el nombre del oficial chileno del Ejército “que había matado al Presidente Allende”. Su fuente es, siempre, el agente Scherrer. “Después de emplear casi dos días en beber cafés y tragos con varios confidentes chilenos, Scherrer descubrió [en 1977] lo que quería saber: el capitán René Riveros era un héroe especial para algunos de sus colegas de las FFAA chilenas, porque él fue quien mató al Presidente Allende en el asalto a La Moneda. Este hecho era entonces un secreto de Estado radiactivo”, escribe Propper.

El 20 septiembre 1973, en concreto, y citando verbalmente un informe de la Brigada de Homicidios, el flamante director militar de Investigaciones, general Baeza, informa que “el cadáver [de Allende] yacía sentado sobre un diván de terciopelo rojo granate adosado al muro oriental, entre dos ventanas que miran a la calle Morandé, con la cabeza y el tronco levemente inclinados hacia el lado derecho, miembros superiores ligeramente extendidos, extremidades inferiores extendidas y un tanto separadas”.

La foto número 1416/73-W, sustraída a fines de 1973 del expediente de Investigaciones, efectivamente tomada el 11 de septiembre (la primera de una serie que va de la A a la Z), que hoy se puede encontrar en diversos sitios de Internet, sin indicar procedencia y como de “autor anónimo”.

Muestra la real posición del cuerpo del Presidente muerto, que no está sentado, sino más bien tendido en el sofá, hasta donde al parecer fue arrastrado (de ahí la posición rígida de las piernas), cargado sobre una frazada doblada puesta bajo su espalda.



El cineasta Patricio Guzmán, autor del galardonado documental “Allende”, que estuvo a primeras horas del 11-S filmando en las afueras de La Moneda, declaró hace pocas semanas a la BBC de Londres que, con anterioridad a esta foto, el cuerpo de Allende muerto yacía tendido en el suelo.

Pero el 20 de septiembre de 1973, el general Baeza, que ya había olvidado su transitoria renuncia, añadía que “los proyectiles suicidas fueron disparados con el arma puesta entre las rodillas y el cañón pegado a la barbilla”.

Y agregaba: “Arma utilizada: fusil-ametralladora núm. 1.651, de fabricación soviética, en cuya culata se leía la inscripción: ‘A Salvador, de su compañero de armas, Fidel’”.

Todo claro, salvo que el fusil-ametralladora AK-S que aparece en el croquis número 15.254 de la Policía Técnica de Investigaciones, dibujado ex profeso entre las piernas de Allende muerto, no tiene culata, en el sentido tradicional del término; esto es, culata de madera.

La presencia de la dedicatoria “en la culata” (una lámina de bronce), la recuerda expresamente el doctor Óscar Soto, médico de cabecera del Presidente, en su libro “El último día de Salvador Allende”, y también Tati, Beatriz Allende, la hija mayor, en su discurso en La Habana, en el homenaje masivo a su padre, organizado por Fidel Castro, el 28 de septiembre de 1973, en la Plaza de la Revolución ante un millón de personas.

Pero, aparentemente, del fusil-ametralladora dedicado por Fidel Castro no salió ningún tiro el 11 de septiembre, ni el arma estuvo en La Moneda, al menos mientras Allende vivió. Desapareció ese mismo día, y nunca más se lo ha vuelto a ver, aparentemente destruido –junto a todas las otras pruebas físicas de las armas y proyectiles que pudieron intervenir en la muerte de Allende– por orden del general Javier Palacios, siguiendo instrucciones de la Junta Militar.

El asesor político de Allende y perseguidor implacable de Pinochet, el abogado español Joan Garcés, frecuentaba tanto la casona de Tomás Moro como el refugio de El Cañaveral, camino a Farellones, donde Allende pasaba a veces la noche. “La metralleta obsequiada por Fidel Castro a Salvador”, le ha confirmado Garcés a su amigo Víctor Pey (el dueño del diario “el Clarín”), “nunca salió de El Cañaveral; siempre estuvo allí, expuesta en una pared del living”.

La noche del 10 al 11 de septiembre, tanto Joan Garcés como el periodista Augusto Olivares pernoctaron en Tomás Moro. En la madrugada se trasladaron a La Moneda, tras los autos que llevaban al Presidente y su escolta, armados cada uno de sus integrantes con fusiles-ametralladora AK-S. Éstos eran 20 ó 23, según distintas fuentes, pero el arma obsequiada por Fidel Castro seguía en El Cañaveral.

Es cierto que la Payita, que vivía en El Cañaveral, al enterarse del golpe bajó inmediatamente a Santiago, junto a 13 GAP, entre ellos su hijo, Enrique Ropert, de 19 años. Pero no pudieron llegar con sus armas hasta la misma Moneda. Se ignora si bajaban con el AK obsequiado por Fidel Castro. Fueron hechos prisioneros en la Intendencia, desarmados, incluido el hijo de la Payita, que hasta hoy permanece como detenido-torturado-desaparecido.

Así, en el mejor de los casos, la metralleta de Fidel quedó secuestrada en la Intendencia, aunque lo más probable es que “nunca haya salido de El Cañaveral”, como sostiene Joan Garcés. Pero desde la Intendencia o desde El Cañaveral pudo ser fácilmente trasladado aquel AK a La Moneda, una vez concluida la batalla, disparar dos balazos a la muralla, atravesando el gobelino, e inventar la fábula del “suicidio de Allende con el obsequio de Fidel” que propagandísticamente asociaba –y en forma subliminal– el final de la vía pacífica al socialismo con el castrismo.

UN SOLO TIRO

Desde los detectives de la guardia presidencial, que defendieron la vida de Allende en La Moneda, hasta los doctores del Instituto Médico Legal, que practicaron la autopsia esa misma noche del 11-S, ante los jefes de Sanidad de cada una de las ramas de las FFAA, muchos coinciden –con distintos grados de certeza– en que el Presidente murió de un solo balazo. Incluso, en un informe oficial se menciona expresamente un cartucho de bala de pistola, que yacía (muy visible) a los pies del occiso, ya percutado, y se elude examinar el arma de donde provino.

Estos testimonios y documentos destruirían la tesis
sostenida hasta su muerte, en junio pasado, por el general Javier Palacios Ruhman, de que Allende se suicidó utilizando una metralleta AK que disparaba 20 balas en un segundo, independientemente de si había sido regalada por Fidel Castro o no. Es cierto que el Kalashnikov también se podía disparar tiro a tiro, es decir, uno a uno, pero no de dos en dos, ni de cuatro en cuatro. O se disparaba en ráfaga o tiro a tiro.


¿Pero cómo justificar entonces los dos balazos incrustados en el gobelino que cubría la pared posterior al sofá donde fue depositado su cuerpo ya sin vida? ¿Se necesitaba reforzar la idea de “varios” disparos de una metralleta para justificar la presunta utilización del arma obsequiada por Castro?

OÍDO DE DETECTIVES Y MÉDICOS

En los informes posteriores de la Policía Técnica y de autopsia (noche y madrugada del 11 y 12 de septiembre del ’73), en ningún párrafo se indica el calibre de la o las balas que ultimaron a Salvador Allende, de tal manera que no se determinó finalmente si eran de metralleta o de pistola. Esto ha sido apreciado como altamente “sospechoso” y “más que grave” por distintos autores, entre ellos el chileno Hermes Benítez, que escribió recientemente en Canadá el libro “Las muertes de Salvador Allende”, presentado el lunes pasado en Santiago por la Editorial Ril.

Mónica González, Patricia Verdugo y María Olivia Monckeberg entrevistaron en la revista “Análisis” de junio 1987 a los detectives que combatieron defendiendo La Moneda, y sus declaraciones son sorprendentes.

En el reportaje del trío estelar, “Así murió Allende: hablan los detectives de La Moneda”, se adhiere sin vacilar a la tesis del suicidio. “Que la izquierda estuviera manteniendo el mito del Presidente asesinado no le hacia bien a nadie”, recordaría años después Patricia Verdugo.

Las periodistas recogen el relato de los ex funcionarios de Investigaciones Seoane, Romero y Garrido, que aseguran haber oído el ruido de UN solo disparo (textual) y tener la certeza de que el Presidente se suicidó.

En el informe final de la autopsia médica, concluida en el Hospital Militar la madrugada del 12 de septiembre, se afirma textualmente que “la causa de la muerte [de Allende] es la herida a bala cérvico-buco-cráneo-encefálica reciente con salida de proyectil... El disparo corresponde a los llamados ‘de corta distancia’ en medicina legal...”.


Sólo los laboratoristas de “física y química” de la Policía Técnica (y no los detectives de la Brigada de Homicidios) consignaron que, si bien “la muerte del señor Allende Gossens se produjo como consecuencia de UNA herida a bala… no se descarta [ojo, la redacción]… no se descarta la posibilidad de que se trate de dos trayectorias correspondientes a dos disparos de rápida sucesión”.

Lo que nadie supo hasta el año 2003 –al menos públicamente– es que en el momento de morir, Allende estaba en presencia de al menos ocho personas, la mayoría de ellos médicos.

Según relató del doctor José Quiroga, cirujano que actualmente reside en Los Ángeles (California) y entonces miembro del equipo médico que cuidaba al Primer Mandatario, no sólo el doctor Patricio Guijón vio morir a Salvador Allende, sino también el entonces ministro de Salud, Arturo Jirón, Hernán Ruiz Pulido (cardiólogo), el abogado Arsenio Poupin, subsecretario general de Gobierno, Enrique Huerta, intendente de palacio y el detective David Garrido.



Una vez afuera y terminada la conquista a sangre y fuego de La Moneda, el general Palacios liberó horas más tarde a todos los médicos que se manifestaron como tales, salvándose de correr la suerte de los otros defensores de la sede del Gobierno constitucional, algunos de los cuales hasta hoy figuran en las listas de detenidos-torturados-desaparecidos y fusilados.



“Sólo permaneció arriba el doctor Patricio Guijón Klein, junto al cadáver de Allende, como él mismo ha testificado”, concluyó Quiroga.


Imagen, aparentemente "arreglada", del cadáver del Presidete Salvador Allende.
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LA NACION